Beber cerveza es para muchos una suerte de religión, pero no es el caso, desde luego, de J. Wilson. Lo suyo, aclara, no tiene nada que ver con el placer por el placer por el alcohol, ni con ningún tipo de celebración, sino una aventura espiritual de ayuno que entre otras cosas le permitirá acercarse más a la experiencia que vivían los monjes franciscanos. Aún así, qué duda cabe que la apuesta haría las delicias de muchos incondicionales del “jugo de cebada”.